sábado, febrero 03, 2007

Rastreando Entrevistas : L´Apostrophe y más



Bernard Pivot nació en mayo de 1935 en Lyon. En 1940, su padre parte al frente de combate, donde morirá. Su madre se muda, entonces, a la finca familiar de Quincié-en-Beaujolais.

Es allí donde el pequeño Bernard cursa sus primeros años escolares. En 1945, la familia se reinstala en Lyon y es entonces cuando Pivot descubre una pasión, casi un sentimiento religioso, que ya no lo abandonará nunca, por el deporte –ping-pong, cross-country y fútbol– y que hace olvidar a sus maestros la mediocridad de su desempeño en las disciplinas “escolares” (con excepción de Francés e Historia).
Luego de terminar sus estudios en el Lycée Ampère de Lyon y un breve paso por la Facultad de Derecho, el joven Bernard Pivot se inscribe en París en el CFJ (Centro de Formación de Periodistas). Después de una pasantía en Progrès de Lyon, se dedica al periodismo económico durante un año, antes de pasar a integrar el Figaro Littéraire en 1958.

En 1971 desaparece ese periódico especializado y Bernard Pivot pasa a ser jefe de redacción del Figaro Quotidien, al que renunciará en 1974 por desacuerdos con su editor, Jean d’Ormesson. Jean-Jacques Servan-Schreiber le propone un proyecto de revista que desembocará, un año después, en Lire. El 10 de enero de 1975 se emite la primera emisión del programa que lo hará famoso en el mundo entero, Apostrophes. En 1990, el programa deja de emitirse, pero Pivot sigue en el aire con Bouillon de Culture. En junio de este año, Pivot abandonará definitivamente la televisión por Internet, su nuevo medio (ver la columna “Webeando”).
Bernard Pivot, mucha gente dice que la televisión cultural es un sustituto glamoroso –pero sustituto al fin– de la lectura de libros o de otros consumos como el teatro, etcétera.
–Es cierto que mirar televisión, aunque se trate de un programa cultural, significa que uno no está leyendo, escribiendo o yendo al cine mientras dure el programa. En ese sentido podría decirse lo mismo que del amor: es más interesante experimentarlo que escuchar gente hablando sobre él. Sin embargo, la televisión es también un medio extraordinario para invitar al público a participar activamente de la cultura, para incentivarlo a que lea, a que vea exhibiciones de arte, obras de teatro o funciones de cine o a que escuche música.
Si usted tuviera que señalar uno o dos de los más importantes cambios en la vida cultural francesa de los últimos veinte años, ¿cuáles serían?
–Hace veinte años hubo un importantísimo movimiento que se llamó a sí mismo “Movimiento de los nuevos filósofos” y que aglutinaba personas de entre 30 y 40 años que habían realizado estudios muy profundos en filosofía. Al mismo tiempo que fundaron una nueva corriente humanística, generaron un intenso debate. Se trataba de una docena de escritores, pero que se concebían a sí mismos como un colectivo. Hoy, veinte años después, no hay ningún movimiento colectivo, solamente hay individuos (en el campo filosófico o literario). Podría decirse que son escritores individualistas en el sentido que el término tiene en el siglo XVII o XVIII.
Desde su perspectiva, ¿eso es beneficioso o perjudicial para la cultura? ¿O sencillamente un hecho de finales de siglo XX?
–Desde finales del siglo XIX, la vida literaria francesa se constituyó a partir de movimientos colectivos –basta mencionar a los simbolistas, los parnasianos, los surrealistas, los estructuralistas o los partidarios del nouveau roman después de la Segunda Guerra–. Pero hoy todos esos movimientos han desaparecido. La vida literaria aparece fracturada: cada escritor está solo ante su computadora o su pedazo de papel. Es verdad que el período que va desde 1870 hasta la gran guerra de 1914 (que después de todo por algo se llama “La Belle Époque”) fue extraordinariamente rico en acontecimientos en el mundo cultural y artístico. Uno podría pensar que esos fueron los “años dorados” de Francia y de ahí la melancolía de mucha gente. Sin embargo, yo prefiero el presente. En primer lugar porque vivimos un período de paz. Las dos guerras mundiales fueron terroríficas y causaron la muerte de millones de personas. No puedo comprender ninguna nostalgia en relación con ese período.
Usted ha conducido el más famoso “book show” del mundo durante 15 años, Apostrophes, y ahora está terminando su Bouillon de Culture, más orientado hacia las artes...
–De hecho, uno siempre hace el mismo programa. Tanto la propia experiencia como el deseo de la audiencia y el management de los canales se combinan para que uno vuelva a hacer lo que sabe. Es cierto que Bouillon de Culture incluyó el cine, el teatro y la pintura entre sus temas, mientras que Apostrophes fue un programa exclusivamente literario. Pero, después de todo, el 80 o el 90 por ciento de Bouillon de Culture se hizo a propósito de libros.
¿De dónde viene su amor por la literatura?
–A mí me hubiera encantado ser periodista de deportes, pero no hubo, en mi juventud, medios deportivos que me contrataran. Encontré una posición periodística en un periódico especializado en literatura como Le Figaro Littéraire. Uno aprende a caminar caminando, así como aprende a leer leyendo y, todavía más, a amar la lectura leyendo. Aprendí a leer los libros que tenía que leer por razones profesionales, primero con respeto y luego con franca simpatía. Al final, me convertí en un apasionado de los libros y esa pasión devoró mi vida en los últimos cuarenta años.
Creo recordar que en uno de sus libros usted escribió sobre su club de fútbol... ¿Sobrevive, pues, su pasión deportiva de juventud?
–La literatura no sofocó el placer que siento al mirar partidos de fútbol, tomar vino o caminar por el campo. El corazón es suficientemente grande como para comprometerse en más de una pasión.
Usted declaró hace poco que el escritor tiene en Francia prácticamente el estatuto de un exiliado. ¿Podría aclararme en qué sentido lo dijo?
–Lo que quise decir (no recuerdo haber usado esas palabras) es que el escritor ya no ocupa el lugar de privilegio que tuvo durante siglos. Francia es un país donde los escritores fueron prácticamente deificados a lo largo de su historia. Voltaire, Victor Hugo, por citar sólo dos nombres. No hace mucho, las cenizas de Malraux fueron llevadas al Panthéon con gran pompa. Pero, hoy, el escritor francés ha perdido ese estatuto. Perdóneme el grosero juego de palabras, pero el escritor francés ya no tiene el estatuto estatutario de sus pares del pasado. Por supuesto, eso tiene que ver con el auge de los multimedia, la televisión, etcétera. A veces, cuando me siento pesimista, me digo a mí mismo que durante los últimos veinticinco años de trabajo televisivo acompañé el declive de algo esencial. Y me pienso a mí mismo como el último que sostiene una vela ante el lecho de muerte de la literatura. Por otro lado, hay gente más joven, menor de 30 años, por ejemplo, que forman parte de una generación de estudiosos de los ‘ismos’ del siglo XX y que no terminan de percibir del todo el hecho de que el nuevo arte (y la nueva cultura) es multimediática. Durante mucho tiempo, los libros fueron la única fuente de respuestas para las preguntas existenciales que nos hacíamos. Hoy el libro es sólo una de esas fuentes y hay otros lugares donde se buscan y se encuentran respuestas existenciales (el cine, el rock, Internet, por ejemplo).
Si se miran con detenimiento las listas de libros más vendidos en Francia, parece que la gente estuviera leyendo una mezcla de libros basados en la ciencia o en thrillers, en todo caso inspirados por la literatura americana...
–Creo que el tema dominante en la literatura francesa actual es el mismo de siempre: el escritor escribiendo sobre sí mismo. En este punto, la literatura francesa no es diferente de cualquier otra. Parecería que el escritor está cada vez más focalizado en sí mismo. Como le decía antes, la literatura es ahora muy individualista. Pero lo esencial de la literatura es la busca de ese autoconocimiento. Cuando los escritores tienen talento, esa introspección o “mirarse en el espejo” puede ser excelente. Cuando no, se trata de ejercicios de puro narcicismo.
Si mira hacia atrás en su carrera televisiva, ¿cuáles fueron sus momentos favoritos?
–Bueno, es difícil resumir veinticinco años en algunos momentos... No obstante, ante su pregunta no puedo sino evocar la imagen de Vladimir Nabokov. Lo entrevisté hace 25 años, cuando tuve la extraordinaria oportunidad de conversar con uno de los más grandes escritores del siglo pasado. Y también se me aparece la imagen de Solzhenitsin, con quien estuve en América y en Rusia, que vino a mi estudio de grabación. O recuerdo a Henri Vincenot, un poco conocido escritor francés de Bourgogne, a quien adoré porque hablamos de la naturaleza, de la pesca, sobre cosas cotidianas. Y veo también a otro escritor francés, Marcel Jouhandeau, al que entrevisté un año antes de que muriera. Él sabía que estaba muriendo. Era homosexual y cristiano, obsesionado por la idea del pecado... Pero tendría que hablar horas y horas para mencionar a todos los escritores a los cuales me conmovió entrevistar. A todos ellos sólo puedo agradecerles porque gracias a ellos he tenido una vida maravillosa. Y sé que su recuerdo me acompañará hasta el fin de mis días.


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