sábado, diciembre 02, 2006

Fernando Flores por Hernán Precht



Hace dos años, en una entrevista realizada por Hernán Precht en el programa "Pensando Chile" y que transmitió el canal de televisión del Senado, me referí a la falta de "espíritu" que actualmente caracteriza a nuestro país y al "nihilismo" que ello produce. Aquí transcribo esta conversación, que considero importante compartir con ustedes.

por Fernando Flores
Miembro Fundadores Atina Chile



Precht: Quiero rescatar un detalle de la última sesión especial del Senado en que se trató el tema de la televisión pública. Usted hizo uso de cuatro minutos y fracción, de los seis minutos que tenía asignados. En esa sesión hablaron 19 senadores, y usted fue el único que habló de un tema que, si bien iba directamente al hueso, no estaba en el título de la canción. Usted, hablando de la televisión nacional, habló del espíritu nacional.

Flores: Claro.

P: Sé que usted es un hombre al que le gusta la cultura griega, la etimología. Y espíritu, en griego, significa aire.

F: Sí, pneuma en griego significa aire, pero yo no lo tomo en ese sentido. Considero que esa interpretación del griego que identifica a la palabra con aire, ha hecho daño, porque como se identifica con aire, la gente, actualmente, piensa que significa nada. Pero es al revés, es la falta de espíritu lo que produce la banalidad, la ausencia de interés de los jóvenes. Yo prefiero la palabra nihilismo, la consecuencia de la falta de espíritu. Creo que la gente siente que algo está pasando en el mundo, que la televisión es cada vez más importante en su vida, y más banal también. Hemos pasado de la banalidad empaquetada de los años del régimen militar, con sus funciones de gala y presentaciones de smoking, a una televisión en que el escarnio, la burla, el garabato y el periodismo que le dedica su interés, crecen y crecen. Y muchos se preguntan hasta dónde vamos a llegar.

No sólo ocurre en Chile, en EEUU Jerry Springer, ex alcalde demócrata de Connecticut, se dedicó a hacer programas de este tipo, programas tremendos.

Lo que yo decía en la conversación sobre la televisión es que el problema no es arreglar la televisión, no es definir cuál es el rol de la televisión pública, que lo tiene, sino entender qué es lo que estamos haciendo. Y yo creo que lo que estamos haciendo es destruir el espíritu del país. La pregunta, por lo tanto, es qué es espíritu. Yo pienso que el espíritu tiene que ver con tener una tradición, en la que la gente nace con un sentido de pertenencia, y cuando la gente madura, esta pertenencia se expresa en un compromiso de pertenencia, en el que confluye el respeto a tradiciones que, al mismo tiempo, se conservan y se renuevan. La gente se siente, entonces, inventora y recreadora de tradiciones. A eso, yo lo llamo compromiso incondicional. Ese compromiso es el que se tiene cuando las familias funcionan bien. La síntesis entre lo concreto y lo infinito, entre lo temporal y lo eterno, entre lo posible y lo necesario, esa tensión es el espíritu. Y el ser humano, esencialmente finito, no puede expresar esa síntesis plenamente, y sólo puede manifestarla en su ser social. Esa, creo yo, debiera ser la idea fundacional de patria, de bien común.

Hoy la gente siente que nuestras instituciones expresan más bien fines egoístas, no el bien común, y experimenta una degradación. Los programas que veo diariamente son cada vez más de opiniones, sobre todo de opiniones negativas, descalificatorias.

P: Opiniones sobre...

F: ¿Cómo se llamaba ese Reality Show...?

P: ¿Protagonistas de la Fama?

F: Sí. Ahí se privilegiaba lo negativo. En ese programa, a nadie se le ocurría decir hemos hecho algo grande por Chile. Esto se da, apenas, en algunos momentos fugaces con nuestros deportistas, y cuando estos ídolos pierden, entonces hacemos escarnio de ellos. Sin embargo, tras la vida de ellos, hay valores.

Por ejemplo, creo que a Zamorano lo queremos no sólo por sus magníficos goles, sino también porque representó el carácter chileno con mucho honor, en lugares difíciles. Venir de Maipú y tener éxito en el Real Madrid, en el Inter de Milán no es ninguna broma. Debo decir que, con suerte, reconocemos eso. Pero, en general, desconocemos quiénes son nuestros mejores, nuestros grandes científicos; miramos a nuestros empresarios más exitosos como a potenciales delincuentes, y a nuestros políticos como a delincuentes. Y, de pronto, pareciera que ya no nos queda nadie.

No me atrevería a decir que son los periodistas quienes le hacen esto al mundo, sin embargo creo que el periodismo tiene algo que ver. Si esto sigue así, puede pasar lo que pasó en Argentina. Países como EEUU, territorios como Europa que enfrentan este tipo de problemas, ellos son, a pesar de todo, como bosques ecológicamente ricos, en cambio, países como el nuestro son frágiles plantas del desierto, que requieren de nuestros cuidados. A mi juicio, los más jóvenes no toman en cuenta la política no porque ellos mismos sean nihilistas, sino porque la sociedad de los mayores se ha vuelto nihilista. No es casual que en la mala calidad de la televisión tengan que ver las empresas que pagan la publicidad y que, por lo tanto, se abandonan a ciertas reglas del juego.

NIHILISMO Y DESMOTIVACIÓN

Un tema que, desde mi regreso a Chile, se me ha ido haciendo patente es el del nihilismo, y me ha preocupado el problema de la desmotivación.

Me comentaban hace poco que, cuando volvió la democracia a nuestro país, el 71% de las personas que votaron por Aylwin tenían menos de 30 años. Hoy, en cambio, los inscritos de esa edad no son más del 28%. Si la gente entre 15 y 30 años, que es la etapa en que se produce la excelencia educacional, no participa es que algo anda muy mal entre nosotros. En EEUU también se da este fenómeno, pero entre los norteamericanos el problema tiene menos importancia, porque nosotros dependemos mucho más de lo que yo denomino "liderazgo patriótico".

En Chile, personas de diferentes tendencias están dedicadas ejemplarmente a su trabajo. Uno podría dudar de su eficiencia, del sentido que su trabajo hace, pero son meritorios. Sin embargo, la gente no lo siente así. Estamos, como dice el tango Siglo XX Cambalache, en un momento en que pareciera que "todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor". Y que esto siga en el siglo XXI ¿qué significa? Significa que el mundo está espiritualmente enfermo.

Recientemente he estudiado a Kierkegaard quien apuntaba a este problema espiritual, junto a Nietzsche, ambos desde puntos de vista distintos, pero ambos como una crisis del cristianismo, en el cristianismo. Demasiada nadería.

En el ánimo y con la intención de jugar, hoy en Chile se ofende a la gente. Esto es la expresión de muchas otras cosas. Construimos muy poco. Cuando uno observa los casos de Steve Jobs, Bill Gates, o el de los creadores de la biotecnología, a los chinos, e incluso a Bin Laden, uno siente el compromiso. Todos ellos están luchando por algo más grande que ellos mismos, y en algunos casos, esa lucha produce desarrollo. Jobs, por ejemplo, adoptado de niño, nunca fue a la universidad, pero se dijo a sí mismo, no estoy interesado en la computación sino en la forma de educar, y produjo grandes inventos: Apple y Pixar.

Para mí, el compromiso incondicional fecunda a la creatividad. Que en Chile no tengamos innovación no es accidental. Si no cambiamos nuestra condición de compromiso, el cambio en la innovación no va a venir.

Precht: Huntington sostiene la teoría del choque de las civilizaciones, y habla también de los choques culturales dentro de una misma civilización. Venimos asistiendo al choque de las sub-culturas que no hemos sabido nivelar a tiempo.

F: Creo que está equivocado. Me parece que primero debemos juzgar a Occidente. No veo ningún nihilismo en los chinos, ni en los hindúes. En ellos se ve, más bien, riqueza cultural y firmeza. Somos nosotros los que hemos hecho de la entretención un culto, pero para esa entretención no hemos tomado en cuenta a un Mozart, a un Beethoven, a un Arrau, a un Neruda, todos ellos produjeron cultura.

La nuestra es la cultura de la banalidad que, si la llevamos más allá de la cuenta, terminará por matarnos el alma. La pregunta es por qué se produce. Veía ayer un programa de televisión que conduce Schiapacasse, donde entrevistaba a los directores y productores de una película chilena sobre el fútbol, y lo que me llamó la atención fue que preguntara por el fenómeno de las Barras Bravas, pues éstas, más allá de cualquier otra cosa, tienen algo memorable: un sentido de pertenencia al que se aferran.

En los barrios latinoamericanos de Los Angeles, en Estados Unidos, el sentido de pertenencia al grupo es el primer gran nivel de compromiso. Pero, dígame usted qué persona de la clase media o alta chilena está hoy comprometida con el país; lo está con su carrera fuera de Chile, con su propio bienestar, pero no con el país. Y la gente me pregunta, "¿por qué Ud. se dedica al servicio público si le ha ido bien en tantas otras cosas?". Y es precisamente por eso que siento que tengo que tomar este riesgo y esta oportunidad. Considero que es la última cosa importante que me queda por hacer en la vida. Si uno piensa en las viejas ciudades italianas, en Venecia, por ejemplo, en la gente que vivía en esas ciudades, se descubre que tenían un sentido, o la ilusión, de eternidad

P: Sí, en esas ciudades, los edificios tomaban décadas en construirse.

F: Sí, tomaba a varias generaciones, y la gente duraba sólo 30, 40 años.

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