
"Es el amor. Tendré que ocultarme o huir. Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única [...] Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo [...] Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la esperanza y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo. Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles. [...] El nombre de una mujer me delata. Me duele una mujer en todo el cuerpo".
JORGE LUIS BORGES: «El amenazado», El oro de los tigres .
Más allá de los muchos tigres, espejos y laberintos, el núcleo central de la poesía de Borges está referida al paso del tiempo y a la fugacidad del amor; o más bien, a su propia imposibilidad de ser amado. Yo me escondo en las letras y laberintos de Borges, para no delatarme,delatándome.
También, a la memoria como castigo («sólo una cosa no hay: es el olvido») . En su obra, sistemáticamente, Borges redujo a géneros literarios a la religión, la filosofía, las otras artes o la historia. También al amor. Borges convertía en literatura todo lo que tocaba.
Borges se odiaba. Lo avergonzaba lo que le devolvía el espejo (y por eso los espejos son «abominables»). Se llamaba a sí mismo «tapir», describía su rostro como «obeso y epiceno», odiaba su tartamudeo, su timidez, sus ojos débiles. Odiaba su letra («de enano») y hasta su voz («entre bebé y Matusalén»). Su coquetería era mínima: un peine en el bolsillo alto de la chaqueta para repasar el pelo y dejarlo en orden (a veces, recurso de tímido, escondía el peine en la palma de la mano). Pero sobre todo odiaba su carne y las necesidades de esa carne. Este adolescente eterno muchas veces se acostaba vestido para evitar el contacto con su propio cuerpo. A mediados de los 20 Borges escribe en su «Boletín de una noche»: «Soy un hombre palpable (me digo) pero con piel negra, esqueleto negro, encías negras, sangre negra que fluye a través de la carne negra [...]. Me desvisto y (por un instante) soy esa bestia vergonzosa, furtiva, inhumana y, en cierto modo, alienada de sí misma que es un ser desnudo».
Vivió enamorado de mujeres a las que consideró únicas y creía que cuando uno está enamorado ve a la persona amada «igual que como Dios nos ve». Pero casi ninguna de esas mujeres lo amó. Muchas lo admiraron (que es un sentimiento parecido al amor e igual de noble, pero insuficiente) y algunas hasta jugaron con la idea de una relación completa. Pero siempre había un momento en que se producía el rechazo y la huida, y entonces llegaba la humillación y la desesperación, el deseo de ser otro y el deseo de dejar de ser (vivió pensando en el suicidio, y no atreviéndose).
¿Qué creía él que podía ofrecerles a esas novias fantasmales? Lo dice en uno de sus «Dos poemas ingleses»:
(ol)
"Te ofrezco pobres calles, desesperados crepúsculos, la luna de los desarrapados suburbios.
Te ofrezco la amargura de un hombre que ha mirado largamente la luna solitaria.
Te ofrezco lo que pueda haber en mis libros, lo que pueda haber de hombría y de humor en mi vida.
Te ofrezco la entraña de mi ser, que de algún modo he preservado.
Te ofrezco explicaciones de ti misma.
Te puedo dar mi soledad, mis tinieblas, el hambre de mi corazón".
2 comentarios:
Borges es realmente una delicia de ser leído, yo siempre he soñado con la idea de haberlo conocido y de haberlo amado.
Y ¡¡¡¡Por Dios que se parecen!!!!, tocan en la misma cuerda.
Me encanta que pases por estos lados.
Gracias
H.
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