lunes, agosto 22, 2011

Cala Pi, No hay líneas para dibujarla.



Julio y mientras en Santiago hay un rarísimo clima, más frío que lluvioso, en Cala Pi, se disfruta una profunda sensación de bienestar que invade al viajero cuando se troca la verticalidad por la dulzura, al descender a cala Pi, la playa de Formentor por antonomasia, usufructuada por el exclusivo hotel homónimo desde 1928. Refinada y a la sombra de un pinar, cuando más se disfruta la única playa plenamente arenosa del cabo es durante los meses de mayo, junio y septiembre. Un lujazo no sólo anclado en la mediterraneidad, sino también distinto del código edulcorado de la postal.

No tomar el desvío a cala Murta y embocar a la izquierda, hacia el estacionamiento, justo antes del hito que señala el kilómetro 13. Los 3.000 metros de bajada a pie a cala Murta atraviesan una de las mayores concentraciones de encinas en Mallorca, bajo cuyas ramas burros de mirada ociosa hacen un alto en su labor antiincendios consistente en devorar el sotobosque.


Pese al chalé que la afea, merece la pena bajar y darse un baño en la Murta por su emplazamiento a salvo del viento de tramontana. En el área recreativa, los versos de El pino de Formentor, de Miquel Costa i Llobera, asaltan al viajero en cada momento: "Anida entre sus hojas perenne primavera / y arrastra los turbiones que azotan la ribera / añoso luchador". Costeando la cala por su margen derecha, un senda comunica con un más que agradable mirador sobre la línea de costa interior del cabo.

Más indicada para los días tórridos es la cala Figuera, con acceso a pie desde el mismo aparcamiento de cala Murta. Una preciosidad, con decisiva vocación naturista y fondos verdosos guarnecidos por el cabo de Cataluña. La Figuera se disfruta visualmente justo antes y después del túnel del Fumat, tras el que, a un kilómetro, surge un mirador de los de no perderse. El efecto de vacío que deben de sentir las gaviotas se palpa oteando esta alineación rocosa, al final de la cual el faro deja sentir su presencia.

En el segundo mirador, a 1,8 kilómetros, se insinúa la bajada a la caleta por donde se suministraba de aceite al faro cuando la carretera no era sino una entelequia. También se observan senderistas que utilizan el viejo camino serrano, el mismo que un día no muy lejano recorrerá toda la sierra de Tramontana hasta Andratx.

La carretera, en sus estertores, serpea airosamente hasta el extremo septentrional de Mallorca, donde se eleva el edificio del faro, en sillar de caliza. A 200 metros de altura, perdido en medio del mar, el público cuenta con bar-terraza, una pequeña tienda y baños públicos. Con suerte, la costa de Menorca será una línea neblinosa en el horizonte.

0 comentarios: